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viernes, 7 de noviembre de 2008

Maga

Te busco, Maga ¿dónde estás?

Por qué, quiero saber por qué, a veces te gusta jugar así, a las escondidas, a perderte en las rumiaciones de Horacio. Si vos sos otra cosa. Sabías que no había por qué aprender eso. Pretendés empaparte de toda esa “cultura”, así le llamás, que te falta. Querés ir profundo, con análisis, libros, e ideas rebuscadas. Y allá te veo, corriendo, enmarañada, asustada. Te persiguen los juicios que vos misma inventaste sin siquiera imaginar...
Ahora entendés, y eso en un punto te enorgullece, verdad? Te sentís parte. Sin embargo, hay en tus labios un sabor amargo que poco se parece a la fruta madura que conocías, que te han dicho.

Te veo, Maga, intentando nadar un poco en tus ríos, pero que difícil te resulta ahora... Eso que hace poco parecía formar parte de tu naturaleza.

Te desconozco, Maga. Y eso no es lo peor, ya diría mi padre, lo peor es que vos misma no sabés quién sos cuando te quedás parada allí, frente al espejo. Y tu carne te parece ajena.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Las palabras se mezclan y se expulsan unas a otras con fuerza. Se pegan en las paredes. Las ensucian.

Eternidad y brisa fresca
Persianas negras. Solitarias.
Oscuro ropaje. Adherido y pegajoso.
Y los pájaros infinitos de siempre.
Flores en el jardín.
Coloridas. Y plomo en la espalda.
Confusas ideas-palabras.
Amor.
Angustia.
Vida. Y más vida.
El cielo despejándose de gris.
Las nubes corren furiosas y dudan.

Viejo y conocido recurso para un decir sin decir nada.
El lenguaje enmudece y el alma grita.

sábado, 11 de octubre de 2008

Pájaros y bananas


Pájaros y bananas.
Pájaros que se transforman en bananas.
Bananas que asesinan, que buscan desesperadas su presa.

Su presa.
Un ángel posmodernisata que por su onírica ventana contempla la frágil ciudad.

Momentos antes, compartía en silencio la brisa fresca de la mañana con su soledad.
Minutos antes, sabía que los pájaros reales que cantaban afuera conmovían su alma mucho más que los que la miraban desde el cuadro.

Ahora solo sabe que está muerta.

Y los pájaros desde el frío marco observan la escena.
Y ríen.

(Foto de Daniela Edburg)

domingo, 21 de septiembre de 2008

Palomas negras II

Palomas negras que brotan del pecho
oscuridades. Recovecos oscuros del alma
desenfrenadas como deminios. Sólidos. Corpóreos.
Nos alejan. Se convulsionan. Se agitan.
Sus alas baten polvo gris
Generan ruidos roncos. Sórdidos.
Las palomas negras generan náuseas
olores putrefactos del alma.
Experimentar la oscuridad, también.
Es raro, huele a conjuros y a cementerios.
Me asusta y me angustia
Pero también quiero probar eso
Desmantelé por segundos el paraíso colorido
y detrás, también, había esto.
Palomas negras.
Hambrientas de rosas, fantasías y lilas.
Hambrientas de esperanzas líquidas.
Hambrientas de amor, paz y estrellas.
¿Todos tenemos palomas negras? Un horror.
Qué pena.

Palomas negras que rompen,
despedazan el pecho y el equilibrio.
O pretenden volver a cero.
Quieren la nada y el alma.
Quieren el cuerpo.
Poesía disfrazada de pena y delirio
Pero también, palomas negras.


(También se pueden experimentar los costados malditos del alma..?)

viernes, 19 de septiembre de 2008

Palomas negras

Tiempo 1
Manía de experimentar, eh? A veces es demasiado... Querer experimentarlo todo hasta puntos inútiles? No me decido aun si hay algún tope para esto. Experimentar sentimientos, experimentar con los sentidos. Quiero verlo todo, sentirlo todo. Imaginar hasta dóndo se puede. Sin límites o al menos tratando de borrarlos, ir corriendolos de a poco. Y más.
Y sé, creo, que en muchos casos sirve pero a veces che... No será mucho? Hoy me encontré imaginando cosas que no me gustaron. Para ver hasta qué punto. Cuándo la angustia. No, eso nunca sucederá. Pero. Y si pasa? Qué sentiría?
Hasta lo no vivenciado. Hasta eso quiero experimentar.
Vagar dentro de mi propia mente, a veces es un exceso.
Excesos.
Límites.
Límites.
Excesos.

Basta.

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Tiempo 2 (quizás lógicamente anterior)
¿Y si escribo?
¿Y si pinto?
¿Y si sale todo esto de aquí dentro?
No importa si es bonito o tan oscuro.
A veces no se puede todo, claro.
Hay días que brota luz del pecho.
Otros, palomas negras.

jueves, 11 de septiembre de 2008

huellas de aquella madrugada

Sola en el departamento a la una, dos, tres de la madrugada. Una jarra de café por la mitad, un poblado cenicero y mucho humo en el ambiente. El comedor era chico, la mesa llena de libros y apuntes, fibras y señaladores, casi lo abarcaba todo.
Me sentía tranquila, disfrutaba de la soledad de la noche para estudiar. Siempre fue así.
Mi esposo había salido con amigos. Yo preferí quedarme y preparar Psicopatología.
Leía detenidamente, concentrada. Alternaba los párrafos con tazas de café y cigarrillos.
Cerca de las cuatro, si bien el sueño nunca llegaría, me daba cuenta que tendría que acostarme. Llevé uno de los libros al dormitorio. Apagué todas las luces y encendí el velador. Me acosté y di algunas pasadas a una página sin lograr leer. La atención se había quedado en el comedor, quizá en la gran mesa de hierro. Pensé que era sueño, al fin. Cerré el libro y apagué la luz. Me dispuse para dormir. Sin embargo no. Comencé a sentir mi propia respiración. Uno no suele darse cuenta de que respira. Todos lo hacemos, pero no reparamos. Pero esa vez sí reparé. Me detuve en cada inhalación. Me di cuenta que me sentía rara. Exhalaba. Inhalaba. Y cada vez se hacía más difícil. Empecé a sentir miedo. Un miedo profundo y una opresión fuerte en el pecho. Creí que me estaba ahogando. Pensé que estaba nerviosa. Quizá demasiado estudio, demasiado café... Intenté tranquilizarme en vano. La sensación de ahogo era cada vez peor y la desesperación avanzaba. Me senté en la cama y prendí la luz. Intenté coordinar la respiración, pensarla. Y fue peor. Me levanté de un salto. Corrí al baño. Ahora se sumaba un dolor en el estómago y una clara sensación de mareo. Me miré al espejo. Transpiraba, estaba pálida. Me mojé la cara mientras pensaba que me quedaba poco tiempo. No sabía qué me pasaba pero sí que me estaba muriendo. O acaso volviéndome loca. Imaginé que si dormía, probablemente despertaría internada. Las imágenes aparecían en mi mente sin quererlo, se imponían. Y el temor era ya insoportable. Temblaba. Todo el cuerpo. El corazón latía tan fuerte que podía escucharlo, y esa percepción no ayudaba. Qué hacer a esa hora, sola y sabiendo que me moría o que la locura estaba apoderándose de mí. Lloraba casi sin registrarlo y con pocas lágrimas. Un grito recorría mi garganta pero no podía siquiera soltarlo. Caminé por el comedor, entré y salí del baño y de la habitación varias veces. Me acerqué al teléfono otras tantas, lo levanté, comencé a marcar, corté. ¿A quién podía llamar? ¿Qué iba a decir? ¿Cómo explicar lo que no sabía que estaba pasando?
El infierno se prolongó durante cuarenta y cinco minutos, aproximadamente. Decidí llamar a mi madre quien en medio del susto y el sueño, me tranquilizó un poco.
Luego terminó todo. Pero las huellas del miedo quedan por siempre en el alma y el recuerdo, y a veces irrumpen en suspiros largos y entrecortados. Otras en sueños. Y en el mejor de los casos se logra plasmar en letras de un relato. Como este.

domingo, 10 de agosto de 2008

Arte y locura

CINE


(Imágenes de Inland Empire, de David Lynch)

"Los sueños verdaderamente importantes son los que tienes cuando estás despierto, ya que cuando duermes no los controlas. A mí me gusta sumergirme en un mundo onírico que yo he construido o descubierto; un mundo que yo elijo" (David Lynch)


Más allá de la conexión de las películas de Lynch con lo onírico, yo creo que lo que se pone a jugar también es este sentimiento al que nos expone crudamente de extrañeza, de horror frente a lo descarnado de la locura.
Y pensaba en lo brutal de esa capacidad artística. Nos acerca... a la locura... al sin-sentido... al temor... a lo conocido - desconocido... a lo familiar y cotidiano que se vuelve ominoso, diría Freud.

FOTOGRAFÍA

Sufrimiento, Javier Téllez


La extracción de la piedra de la locura, Javier Téllez

De la escena temida, puede partir la creación.
En algunos casos, quizá no sea más que poder manifestar el horror con colores, imágenes, a veces con palabras. El arte nos acerca lo suficiente a estos íntimos sentimientos pero no tanto como para quedar dentro... Creo que es una puerta para poder explorar estas zonas oscurísimas desde un rinconcito donde aún queda algo de luz.