domingo, 29 de junio de 2008

Julio Cortazar y el psicoanálisis

Pensaba en un aspecto que supongo similar en Julio y en Freud. Suena a clisé. Pero me pareció muy interesante recortar que ambos, entre seguramente infinitas cosas más, hacen del desecho de sus respectivas "disciplinas madres" - la literatura y la psicología, respectivamente - el objeto de su interés y creación.
En el caso de Sigmund Freud, toma los sueños, los fallidos, todo lo inexacto e inexplicable hasta el momento, y decide enfocarse en ellos para convertirlos en el sello principal quizá y columna vertebral de su obra. Julio Cortázar, por su parte, se para sobre el lenguaje, lo investiga, para luego forzar su desmezcla, su revolución. Juega con las palabras y las formas, con las reglas y las costumbres, para inventar un maravilloso y estético caos de letras que resiste a toda tradición.
Marcas, huellas de la versatilidad y apertura de ellos mismos y de lo novedoso y original de sus obras...

Recomiendo convencida a todos quienes disfruten de la sorpresa, los interrogantes y la diversidad, que se acerquen a la obra de Julio Cortázar. Y en primer lugar, a Rayuela. Creo que en ese libro, se desnudan muchas "huellas" del escritor. Sus ideales encontrados, sus dos mundos. La racionalidad, lo exacto, lo previsible, nunca completo, y siempre mezclado e invadido por chispas de "lo fantástico". Justa expresión, no solo el contenido, la historia, sus personajes, sino también su disposición y paisaje, de lo múltiple, del interminable camino de la tierra al cielo y de los matices del espíritu.

jueves, 17 de abril de 2008

Fundación mística del Colosal de Salerno

Cuenta la historia, que en el barrio de Salerno, vivía el Petizo Frotanudos, según le decían sus amigotes y conocidos. Su gracia, se debía a que por un lado, una suerte de voz en off, le decía que cada vez que se topase con un nudo, tenía que frotarlo con ambas manos, sino, algo terrible ocurriría. Por otra parte, pasaba casi todo el día dejando mensajes sublinguales en las paredes de las casas. En esos mensajes, incitaba a los lectores frugales, a que froten nudos como él, siempre que pudieran.
Se había hecho tan famoso el Frotanudos, que hasta una bandada musical, llevaba su nombre sublingualmente: se llamaba “Los Frota” y el logo era un nudo marinero, que lo decía todo.
A la edad de dieciséis años, el Frotanudos fue descubierto por la policía, quien decidió darle la pena máxima, y lo encerró en Tupungato. Allí, permaneció hasta su muerte, tras la cual la secta conformada por sus seguidores, tomaron personería jurídica, y levantando pancartos y estampas con la cara del Frotanudos, pidieron que se lo reconociera como santo y que su nombre fuese dicho como mínimo una vez al día en las escuelas secundarias; sino cuando se formaba a los alumnos, al menos en las clases de matemáticas o de geografía. Aunque el gobierno se opuso rabiosamente a semejante herejía, no pudo menos que reconocer la trayectoria del Petizo y el trabajo incesante de sus seguidores, lo que los llevó a llegar a un acuerdo, recordando y homenajeando al susodicho, al menos con el nombre de una calle, por supuesto, la que daba directamente al Colosal de Salerno, que hoy de llama Paseo del Frotanudo.

viernes, 28 de marzo de 2008

"Línea A con demora"

Nada grata es la noticia. Llegar a la parte más baja de la estación de subte y ver el cartel azul claro. Hay dos opciones. La peor es “Interrumpido”, pero “Con demora”, no deja de ser una puerta a grandes sorpresas. Cuando no hay otra alternativa para llegar al trabajo, ocurre que vemos el cartel, y: primero nos invade una bronca inmensa, luego nos acercamos a la ventanilla a sacar el pasaje. Cruzamos el molinete sin apuros, ya que sabemos, nos espera un largo rato en el andén.
Río de Janeiro. Aprovecho para leer algo (siempre es aconsejable tener un librito en el bolso). Un rato, dos ratos, tres... La gente se apila al costado, cerca del hueco, cada vez más cerca, cada vez más gente. Siempre con la incertidumbre de que cambie el cartel, y la demora se vuelva interrupción y ¡zaz! No llegar nunca al trabajo.
Por fin se ve luz al final del túnel. Las cabezas comienzan a asomarse, el ruido, y bueno, ya está. Un malón subiendo a empujones. En esos días de demora, el subte llega ya lleno de gente. Por las ventanas se ven las montañas de cuerpos apretujados. Uno cree que no va a entrar nunca, que no hay más lugar. Pero a los pocos segundos y luego de un no tan pequeño esfuerzo, llega un calor sofocante que nos convence que sí: siempre hay lugar para uno más, teoría que se comprueba estación tras estación. En el subte de la línea A “con demora”, el espacio es tan limitado y a la vez infinito.
Bueno, todo esto es de esperar cuando uno ya vio antes el cartel azul claro. Además, por fin uno está dentro del subte, sea como fuere la cuestión.
Es momento de ubicarse como se puede: mano arriba al tanteo de una de las manijas colgantes, piernas separadas -una en cada uno de los dos pedazos de suelo vacío-, el cuerpo algo contorsionado, el bolso casi sobre el pecho y en la espalda de la pobre señora de adelante que me convida del suyo muy cerca de la cara.
Casi sin darnos cuenta estamos ya en Castro Barros. Y más gente.
Algunos, empiezan a impacientarse, a suspirar, a bufar, a hacer comentarios del país y la situación vial al de al lado. Otros hacen bromas. Nunca faltan las caras agrias, que dan la sensación de que estallarán antes de Plaza Miserere. Sin embargo, pasamos Loria y ya estamos. Aquí es donde todo se complica mucho más, no podría ser de otra manera. Sube una cantidad de gente insospechada, como siempre en esa estación para el lado del centro a las ocho y veinte de la mañana. Entre medio de la muchedumbre, la cabeza de una pobre enana, lucha por salir al aire, estirando el poco de cuello. Un viejo empuja a una muchacha sin disimulo, la muchacha lo regaña con un dedo al cielo...
Alberti pasa silenciosa. El calor es mucho. En verano, no es tan recomendable el subte, y menos el A con demora. Pero a veces no hay alternativa.
Pasco. En el brazo uno puede sentir la respiración de alguien muy cercano. Quien muchas veces nos sorprende con olores que para qué contarlo. Uno puede ir mirando también las pertenencias ajenas por puro pasa tiempo. Y así descubrir antes de llegar a Congreso que a la chica de al lado le gusta revisar cada pocos segundos su reloj pulsera y tantear la agenda que asoma por el bolso semi abierto.
Congreso siempre es linda. Da un aire de paseo por el museo. Algunos se bajan apurados. Desde el vagón es lindo fantasear con épocas lejanas, cuando los muebles que se lucen ahora en las vitrinas, estaban en uso. Veo pasar ahora las molduras bordó.
Va quedando poco de túnel oscuro. De vías, de ruido. Repasar mentalmente el día que está comenzando, detectar el tic del pobre señor que se tambalea sin poder frenar acompañándose de un breve ruido gutural, tararear una canción cuando el ruido es fuerte y jugar a qué nivel debe uno hacerlo para apenas poder oirse... Todo eso ayuda a que las estaciones pasen más rápido.
Saenz Peña. Lima. Lástima que es imposible leer cuando está lleno. Recién a partir de estas estaciones comienza a sentirse el aire y el lugar. Los músculos se relajan algo. Ya es tarde para sacar el libro del bolso. Los pies se sienten cómodos, y las piernas.
Piedras. Tarde para sentarse. Hay que ir acercándose a la puerta. Acomodar las manos en las manijas. Lista para hacer fuerza. A veces las puertas se traban. Pensar que estas son ya una reliquia, casi no quedan puertas de apertura manual.
Perú. Por fin abajo.

domingo, 9 de marzo de 2008

viernes, 11 de enero de 2008

Un cuento

"Todos están locos"
Aquel día, al volver de la escuela, el colectivo que me llevaba a casa habitualmente, cambió su recorrido.
Pensé que luego retomaría la avenida y seguiría el camino como siempre, pero me asombré cuando comenzó a internarse en un callejón que nos conducía exactamente al revés de cómo debería. Era más bien una calle chica, adoquinada, por lo que el colectivo se movía bastante. Me paré en seguida tambaleando un poco y me apuré a tocar el timbre.
“¡Caramba!” me dije una vez abajo. Cuando miré el boleto que guardaba en el bolsillo de la campera, pude ver que había tomado el colectivo equivocado sin darme cuenta. “¡Qué tonta! Me repetía una y mil veces “¿Cómo no me di cuenta?”, y mientras seguía caminando para regresar a la avenida.
Cuando miré el reloj, marcaba justo las doce del mediodía. Debía apurarme, pues mami me esperaba en casa con la comida preparada. Siempre almorzábamos juntas mientras mirábamos algún programa en la tele y le contaba las novedades del colegio.
De pronto me sentí cansada. Había caminado muchísimo. ¡Ya debería haber llegado hace rato! Si solo eran cuatro cuadras derecho...
Miré hacia atrás. Tal vez me había pasado. Tan distraída, y ahora además, el cansancio... Descubrí que todo a mi alrededor me era desconocido. Todo lo que ya había caminado, lo que seguía. Las casas, los comercios, las caras de la gente. Era un barriecito de casas bajas y pocos y pequeños negocios. Nada parecido a mi cuadra, tantos edificios y autos y luces y semáforos...
Volví a mirar el reloj, que esta vez marcaba las doce y cuarenta y cinco. ¿Cómo podía haber caminado durante tanto tiempo sin notarlo? En mi vida había andado por esas calles. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo.
Busqué en el bolsillo alguna moneda. Debía comunicarme con mamá para contarle lo sucedido. Seguramente estaba preocupada por mi demora. Me alerté al ver que había solo pelusas y boletos viejos. Ni una moneda.
Estaba ya agotada y confundida. Me sentía algo mareada. Así que me senté en el umbral de una casa para descansar y acomodar un poco las ideas. Todo comenzó a girar a mi alrededor, hasta que... no sé. En realidad ya nada más recuerdo de aquel día.
Cuando desperté, me encontraba en una cama, en una habitación pequeña que jamás había visto. Alrededor mío había dos médicos y mis padres. ¡Por fin! ¡Allí estaban! Quise abrazarlos y preguntarles todo. Decirles lo confundida que estaba. Esperaba una explicación. Cuando intenté acercarme, mi madre retrocedió un paso y comenzó a llorar. Mi padre no tardó en abrazarla y consolarla. Le decía “Todo va a pasar, vas a ver mi amor”, mientras le acariciaba el pelo y con dulzura la llevaba lentamente hacia la puerta. Se alejaron hasta desaparecer del cuarto.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde esos episodios. Día a día permanezco acá. A veces lloro, a veces grito. A mis alrededores hay más gente. Todos vestimos conjuntos blancos, igualitos. La mayoría son niñas y muchachas. Ellas parecen iguales que yo. También lloran, gritan, caminan como perdidas. No sé qué pasa.
Mami y papi me visitan a veces. Me miran desde lejos a través de un vidrio. Lloran un poco y se van. Yo les grito, intento que me escuchen, pero no lo hacen. Pronto aparece un señor vestido de verde claro que parece un médico. Me pone una camisa. ¡Qué tonto! ¡Siempre me la pone al revés! Luego me lleva hacia mi cama, me acaricia suave la frente, me pincha y se va. Y yo descanso un largo rato.
Aun no sé que pasó. ¿Se estarán volviendo todos locos?

Qué

Momentos, imágenes, recuerdos, deseos, cosas de todos los días. Puntos de vista... absolutos y relativísimos. Maneras de ser, particularidades. Virtudes. Defectos. Cosas que no se permiten. Cosas que se exigen. Creaciones. Iniciativas. Sueños. Sueños abandonados. Sueños realizados. Presencias, Ausencias. Seres que pasan por la vida. Seres que se quedan. Que dejan algo, que (nos) arruinan por fracciones de vida. Sinsabores. Historias tristes. Anécdotas sin contar. Anécdotas repetidas, que contamos mil veces, que recordamos millones. Instantes y eternidades. Aromas, sonidos. Frases que marcan. Frases que se anotan, que se dicen, que se esperan, que se escuchan, que hacen ruido. Ruidos. Ruidos que molestan, que acompañan, ruidos necesarios. Necesidades. Inventadas y reales. Y reales inventadas. Inventos. Que nos dicen, que decimos, que pensamos. Pensamientos propios. Novedosos. Novedades nuevas y novedades viejas. Novedades que ya no son. Novedad es también cuando nos anoticiamos cosas de nosotros mismos. Que somos. ¿Qué somos? Cuando sabemos que somos también, eso. Y eso que jamás pensamos que seríamos. Y cuando nos damos cuenta que es posible no ser eso que siempre nos dijeron que éramos. Y que tal vez seamos. Para otros. Novedad es también darse cuenta que uno es tortuga a veces, pero a veces no. O tal vez que no lo seamos. Que puede ser. Que eso es relativo. Darnos cuenta de que podemos ser solitarios sin estar enfermos. Que la soledad es a veces la mejor compañía (pero que a veces renegamos de eso, y cómo cuesta!) Saber también que aún con amor podemos seguir siendo solitarios. Y ya no pedir perdón por eso. Descubrirnos. Descubrirse. Descubrir (se). Y no asustarse. No asustar (se). De lo que (se) descubre, claro. Porque eso tal vez también somos. Porque los otros también pueden ser aquello otro. Aire, paz, luz, amor, cualidades, sentidos, sentimientos. Sensibilidades. Abanicos (de) sentimientos, de sentidos, de sensibilidades, y de insensibilidades. De vulnerabilidades, de riquezas, de hazañas, de caminos. Caminos que se abren, que se ramifican, que nos ponen en lugares nuevos, que nos dejan en lugares que ya conocemos, o que conocemos y sabemos que no nos llevan a ningún lugar. Pero quizá esta vez si...? Personas y personajes. Máscaras, melodías. Certezas cuestionables, cuestionadas, cuestionamientos sin sentido. Sentidos que se cuestionan. “Cuestiones de la vida”, cuestiones de la muerte... Muertes vividas, muertes muertas, muertes recreadas, inventadas, infinitas, imposibles. Cuerpos. Deseados, mirados, tocados, conocidos, mortificados, soñados, despojados. Que se encuentran, que se pierden, que se fusionan, que se rechazan. Cuerpos que creemos seres, seres que creemos cuerpos. Cuerpos que no conocemos. Cuerpos que tienen un adentro que nunca vemos. Y mejor que así sea. Adentros que imaginamos. Que aterran. Que son más que reales aunque los pensemos. ¿Reversibles? Ni pensarlo. Monstruos. También los hay. Reales y creados. De pesadillas, de la vida cotidiana... Cotidianidades que se vuelven raras. Rarezas que se vuelven cotidianas. Rarezas? Uno mismo, la rareza más cotidiana que tenemos. “Ser rara” ¿Ser rara? Faltan motivos. O sobran. Tenemos más sentidos que sin- sentidos, y no vemos que quizá sea al revés! Que la falta más grande e irremediable tal vez sea esa! Metáforas, justamente con ellas hacemos la productividad del sentido. ME-TO-NI-MIAS. Allí cuando nos damos cuenta que no hay... Que no... Qué... QUÉ? QUÉ!